Sobre el escandaloso caso de la ejecución de Clayton Lockett en Oklahoma, Estados Unidos

Clayton Lockett murió la semana pasada. Lo mató el estado de Oklahoma. Por regla general, esto no sería una noticia. Antes de Lockett, Oklahoma había ejecutado a 111 personas desde que en 1976 se reinstauró la pena de muerte en Estados Unidos. En todo el país, 1 378 personas fueron ejecutadas durante el mismo período.

Lo que hizo notable la muerte de Lockett no fue la escandalosa realidad de que una nación que se precia de ser el tutor mundial de los derechos humanos aún practique una forma de castigo que la mayoría de sus iguales democráticos en el mundo considera bárbara. Lo que convirtió en noticia la ejecución de Lockett fue que no sucedió como cualquier otro procedimiento cuidadosamente coreografiado, eficiente, burocrático y aparentemente humanitario llevado a cabo sobre un resignado muerto que camina.

En su lugar, la ejecución de Lockett reveló el puro horror y caos que subyace justo bajo la superficie de todo homicidio estatal bien administrado. A diferencia de otros reclusos, Lockett se negó a ir calladamente, se resistió a los guardias que lo llevaban a la cámara de la muerte y como resultado fue sometido por medio de un taser. Una vez allí, el técnico a cargo de canalizar la vena a través de la cual se inyectan las drogas letales no pudo encontrar la vena apropiada en los lugares usuales por lo que finalmente tuvo que buscar una vena en la ingle. Eso retrasó 23 minutos el inicio de la ejecución. Luego, una vez que la ejecución se estaba realizando, y aproximadamente tres minutos después de que el funcionario que supervisaba la acción declaró que Lockett estaba inconsciente (lo que es inusual, ya que los funcionarios normalmente hablan solo después de que el recluso es declarado muerto), algo no funcionó. Un testigo presencial describió que Lockett tuvo una “violenta reacción”. La cita de sus palabras es la siguiente:

“Primero ella vio que dio una patada. Luego su cuerpo se sacudió, apretó las mandíbulas y comenzó a mover la cabeza de un lado a otro, tratando de levantarla, haciendo muecas y apretando los dientes. Murmuró algunas cosas que no entendimos. Lo único que pude entender fue cuando dijo ‘chico’.

“Parecía que estaba tratando de levantarse.

“A mí me pareció que sufría de dolor. Cuánto dolor nadie puede saberlo, sino él”.

La fallida ejecución y otra que debía suceder después fueron canceladas. Pero era demasiado tarde para Lockett, quien murió de un infarto en el plazo de una hora.

La investigación de lo que sucedió se encuentra ahora en curso. Después de todo, la inyección letal fue adoptada por casi todos los estados porque se supone que sea más humanitaria que la electrocución o la cámara de gas. Sin embargo, la búsqueda de una forma humana de matar a alguien es un ejercicio fútil e insensato. Es más, la temida guillotina fue inventada y adoptada en Francia como un método humanitario de ejecución. La única alternativa humanitaria es abolir la pena de muerte, como todos los países de la Unión Europea y muchos otros han hecho.

En contraste con la UE, China, Irán, Arabia Saudí y Corea del Norte, entre otros países, continúan imponiendo la pena de muerte de manera frecuente e inexcusable, tal como hace Estados Unidos. Ser miembro de este club debiera hacer reconsiderar a los norteamericanos su apoyo a la pena de muerte. Sin embargo, Estados Unidos no está ni lejanamente listo para eliminar la pena capital, la cual tiene el apoyo de la mayoría de la población.

Las razones para esto son complejas. La cultura del castigo y la retribución tienen fuertes raíces aquí –ningún país encarcela a más personas, incluyendo gigantes demográficos como la India y China. El espíritu de la frontera, la esclavitud y el racismo, y la profundización de la división de clases desempeñan todos un papel en la inclinación popular al castigo muy severo.

Sin embargo, aunque la abolición de un tirón no parece avecinarse, varias tendencias hacen mantener la esperanza. El apoyo público a la pena capital se ha estado erosionando rápidamente. En 1996, los norteamericanos apoyaron la pena de muerte por una abrumadora mayoría de 78 a 18 por ciento. En 2013, el margen fue mucho menos de un solo lado, 55 a 37 por ciento. También, desde 2007, el número de estados que han abolido la pena de muerte ha crecido de 12 a 18. La cifra de ejecuciones ha descendido de un promedio de 71 al año, de 1997 a 2005, a 44 al año entre 2006 y 2013. Y cada vez más compañías se niegan a suministrar drogas para su uso en inyecciones letales, lo que obliga a los estados a improvisar, lo cual puede haber sido un factor en la debacle de Oklahoma.

Si se mira el asunto desde una perspectiva más amplia, mientras que Estados Unidos se enorgullece de su excepcionalismo, “un respeto decente por las opiniones de la humanidad” es un principio consagrado en la Declaración de Independencia. Mientras Estados Unidos mantenga la pena de muerte, su respeto por la opinión pública mundial estará muy en duda.

Probablemente sea inútil esperar a que los políticos norteamericanos, la vasta mayoría de los cuales se aterrorizan de que se les considere “flojos” acerca de la pena de muerte, encabecen el camino hacia la abolición. A no ser que el apoyo público descienda aún más. Pero hay otros sectores de la sociedad norteamericana que pudieran hacer más para cambiar el clima de opinión.

En Europa, países como Francia e Inglaterra aún mantenían la pena de muerte hasta la década de 1950. En 1957, dos importantes intelectuales comenzaron una campaña contra la pena capital en Europa. Albert Camus (Reflexiones acerca de la guillotina) y Arthur Koestler (“Reflexiones acerca del árbol para ahorcar) publicaron un volumen conjunto que presentaba críticas devastadoras a la pena capital tal como se practicaba, incluyendo su crueldad y su ineficacia como elemento disuasorio.

Aunque los norteamericanos no tienen tan buena opinión de los intelectuales como los europeos, una coalición de escritores, artistas, actores y gente famosa, incluyendo a estrellas del rock pudiera ayudar a acelerar la tendencia contra la pena capital. Para muchos, pudiera parecer una causa difícil de abrazar, dados los horribles crímenes cometidos por personas como Clayton Lockett. Pero en última instancia no se trata de Clayton Lockett, sino de nosotros como pueblo. Cuando matamos a alguien con más crueldad de la que usamos para sacrificar a un cerdo, no estamos honrando a las víctimas, sino rebajándonos nosotros mismos.

(Tomado de Progreso Semanal)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s