La democracia (a la gringa): una ilusión nada más

Augusto Márquez | MISION VERDAD

Uno de los conceptos políticos menos cuestionados del mundo actual y también uno de los menos respetados es, sin lugar a dudas, la democracia.

 

Su origen emanó de las revoluciones burguesas del siglo XVIII y las dos grandes guerras mundiales del siglo XX, que sirvieron de laboratorios políticos y económicos para las grandes potencias de Occidente en su objetivo de estandarizar y controlar, bajo este único concepto, a vastas regiones del planeta. Destruyendo o modificando sustancialmente todos los órdenes políticos anteriores (monarquías), imponiendo un sistema político útil para el libre mercado y el modo de producción capitalista.

El concepto es también una vara de medición: cualquier país que decida (por costumbres históricas y cultura política) organizarse de una forma distinta es condenado, aislado y desconocido, reducido a un estatus de salvajismo incivilizado.

A menos, claro, que estas expresiones las encarnen gobiernos aliados de potencias recientes como Estados Unidos, como Arabia Saudí o las dictaduras latinoamericanas de la segunda mitad del siglo XX, en esos casos sí es totalmente aceptable.

En el papel el concepto de democracia debe cumplir con distintos requisitos para existir efectivamente (separación de poderes, libertad de acción de los partidos políticos, libertad de prensa, etc.). De todos ellos el más importante es aquel poema que dice así: “tras unas elecciones libres, directas, universales y secretas los gobernantes deben acatar lo que la mayoría de la población eligió”.

Sería de una extensión innecesariamente incómoda referirme a las miles de veces que este principio ha sido violado y desbaratado hasta el extremo por las élites gobernantes en todos los resquicios del planeta. Sin embargo, podemos referirnos a tres que sirven para ilustrar cómo este concepto tiene más rasgos de fantasía e ideología que de realidad.

Brasil: cuando no importa la opinión de más de 50 millones de personas

En Brasil, Dilma Rousseff fue elegida como Presidenta de la República por 54 millones de brasileños en 2014. Ganó con una diferencia de 3,5 millones de votos contra su principal competidor. Estos millones de ciudadanos votaron por los planes de gobierno de Dilma Rousseff, que consistían básicamente en que el Estado protegiera los recursos naturales ante la voracidad de las transnacionales y en filtrar buena parte de los ingresos nacionales hacia la población más precarizada del país.

Dos años después, tras una elegante operación judicial y parlamentaria que no involucró a más de 100 individuos, Dilma Rousseff era depuesta de su cargo por supuestos casos de corrupción que nunca se le terminaron probando. No importó la opinión de 54 millones de brasileños que votaron por ella.

Días después de la asunción del gobierno golpista de Michel Temer, importantes pozos petroleros de Brasil fueron entregados a las petroleras estadounidenses y las reivindicaciones sociales dilapidadas por una agenda de reformas económicas dirigida a quitarle el empleo a la gente, eliminar pensiones, aumentar la jornada laboral y suprimir los planes sociales que había alcanzado el gobierno de Dilma.

La élite brasileña apoyada por Estados Unidos y sus aliados regionales (la mal mentada “comunidad internacional”) se impuso ante todo un país que votó en contra de esas reformas, desbaratando con furia el concepto de democracia que dicen defender. Poco importa la opinión de la gente cuando el botín económico debe ser secuestrado con rapidez.

La democracia fue asesinada por sus mismos creadores

Donald Trump o cuando ser blanco no sirve para el ejercicio del poder

Este mismo signo se repite con el actual presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en la cuna donde este concepto emergió filosóficamente en el siglo XVIII.

Trump tuvo como eje motivacional de su campaña electoral la recuperación económica de EEUU y la no intervención de su aparato militar en los asuntos internos de otros países, además de la cooperación de Rusia para afrontar la amenaza del terrorismo (creada también por EEUU). Esto le bastó para alzarse con el triunfo por encima de Hillary Clinton con una diferencia en colegios electorales bastante respetable. Mayoritariamente, acorde a su sistema electoral casi medieval, la población gringa votó por ese plan.

No pasaron los primeros 100 días de su gestión como presidente y Donald Trump autorizaba un bombardeo unilateral a Siria, pasando por encima de lo que habían decidido sus votantes. De ahí en adelante sucedió el lanzamiento de la “madre de todas las bombas” a Afganistán, la aplicación de tenazas contra Corea del Norte y un programa de reforma económica para aumentar el poder de bancos y corporaciones que tanto criticó durante su campaña electoral.

Que los ciudadanos gringos elijan su destino a través de las elecciones es una farsa gigantesca. Quienes gobiernan Estados Unidos (lobbys, corporaciones, empresas armamentísticas, bancos, etc.) no necesitan someterse a elecciones de ningún tipo, ya que controlan el poder real: los medios, los poderes del Estado, la economía y las armas. Trump, al igual que Obama, es un empleado más delante del verdadero poder blanco que gobierna Estados Unidos desde hace siglos.

El caso Grecia

En Grecia otra similitud salta a la vista. En 2015, Alexis Tsipras del partido Syriza fue votado con el mandato de renegociar en mejores condiciones la deuda griega y meses después, en plena discusión con los acreededores de la troika, convocó a un referéndum consultivo para que fueran los griegos en las urnas quienes decidieran si debían seguir pagando a los bancos europeos bajo las leoninas condiciones impuestas.

De nada sirvió que el 61% de los griegos se pronunciaran en contra de continuar por esta senda porque días después Tsipras firmó un nuevo acuerdo mucho más drástico en privatizaciones y recortes, bajo la amenaza de que caso contrario el país sufriría un bloqueo económico similar al cubano ante la amenaza de suspensión como miembro de la Unión Europea. Así trata el poder a quien medianamente ose desafiarlo.

Estos son los ejemplos más visible de ese cascarón vacío que hoy es la democracia, cuando se contrapone la mayoría de una población específica a los poderes de los bancos, las corporaciones y sus instituciones de dominación.

La democracia fue asesinada por sus mismos creadores, y sobre todo en el país (Estados Unidos) donde este concepto nació para ser globalizado y aceptado por la gran mayoría de los países del mundo. Sobrevive como chantaje, nada más.

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