En Venezuela la oposición no tiene agenda democrática – Prioridad: derrocar a Maduro (como sea)

“Funciona la libertad de expresión”

1 Los líderes de la oposición creen que los venezolanos somos pendejos. Que nos pueden engañar fácilmente. Que no captamos lo que es obvio. Que se la comen a diario, a base de habilidad, porque el resto de los venezolanos no atina a saber hacia dónde van y qué es lo que buscan. ¿A qué vienen estas consideraciones? Sencillo: a que los que mandan en la oposición consideran que el país no se da cuenta de sus maniobras para obtener lo que en realidad es el cometido en su política, es decir, el derrocamiento del presidente Nicolás Maduro. Esa aspiración se convirtió en obsesión. Pero conviene aclarar que el sentimiento no es de ahora, sino de larga data. Se remonta a los tiempos en que la oposición que se forjó tras la victoria electoral de Chávez en 1998 arremetió contra el proceso bolivariano, incluso antes de que tomara posesión del cargo su líder.

2 Por tanto, hay que señalar que la tendencia golpista está en el ADN de la oposición, la cual se ha negado a aceptar la legitimidad constitucional del proceso, de sus actos, así estos estén revestidos de la mayor transparencia. Con el acceso de Maduro a la presidencia -su oponente se negó a reconocerlo-, se confirmó la tendencia histórica de la oposición a desconocer el resultado de la voluntad popular expresada en comicios. Para Maduro no ha sido fácil la gestión que le encomendó la mayoría de los electores. Desde el primer día de su mandato, la oposición pretendió sacarlo de Miraflores recurriendo a acciones de carácter subversivo, atacando la economía, articulando un frente internacional hostil, difundiendo una imagen caótica del país, estimulando la violencia y creando condiciones para que la confrontación entre venezolanos derive en guerra civil o eche las bases para una intervención armada extranjera.
3 Nunca un gobierno en Venezuela fue objeto de tanto acoso, de tanto agravio, de tanta negación, como el de Maduro. Y nunca una oposición utilizó tantos métodos antidemocráticos como los que ha empleado la venezolana. Esta ha rechazado el diálogo que, con talante democrático, le propone Maduro. La respuesta siempre fue arrogante y sustentada en la determinación de defenestrarlo como sea. Lo sucedido en las últimas semanas lo confirma, con hechos que los dirigentes rehúsan aceptar. O sea, que a la oposición no le interesa para nada el debate cívico, reglas de juego claras, voluntad de diálogo, normalidad y paz. Su meta, tanto en el discurso como en la práctica, es una sola e inalterable: que Maduro salga de Miraflores antes de cumplir su mandato el 2018. En el país hay amplias garantías para que actúe la oposición. Funciona la libertad de expresión; los medios están, mayoritariamente, en sus manos. Y se respetan los derechos ciudadanos, entre otros, el de manifestar. Solo que este es vulnerado por la participación organizada de grupos de acción, integrados por radicales que junto a personas vinculadas al hampa y al paramilitarismo, se apoderaron de la calle con una violencia salvaje.

4 Nada justifica la actitud de la oposición. Derrocar, en una democracia, mediante la violencia, a un gobernante, es una felonía. Es admitir que no se tiene capacidad para actuar en el marco de la libertad y del respeto al sufragio. Hacerlo es jugar a la aventura; tirar una parada que muchas veces revierte negativamente contra los promotores. La experiencia del 11-A, y la respuesta del 13-A, debería hacer reflexionar a los aventureros. El empeño de desalojar a Maduro de la presidencia se puede convertir en la última expresión de la demencial política de la derecha en Venezuela.

LABERINTO

La situación se complica para la oposición. O mejor, la propia oposición la complica. Su política de presionar desde la calle para que Maduro abandone la presidencia fracasó. La abortó la violencia que el liderazgo de la MUD llegó a considerar fundamental en la movilización. Pero esta nunca fue pacífica -como la definen los promotores-, sino que sirve para encubrir la acción de comandos entrenados en sembrar el terror. El resultado no podía ser otro que la violencia tragándose a la movilización popular: eso la desvirtuó y terminó volviéndose contra el liderazgo. Por un lado, le arrebató la conducción; por el otro, aisló al movimiento debido al rechazo que provocó. Y como siempre ocurre en estos procesos, una vez que se inician es difícil frenarlos. Ocurrió con la lucha insurreccional de los 60-70 y también con la huelga general convocada por los golpistas de abril de 2002, cuyo curso se les fue de las manos a los dirigentes según la frase de Carlos Ortega…

Sin duda que, en el manejo táctico de la crisis, Maduro se creció. Les dio una lección a sus adversarios que tanto lo desprecian. No perdió los estribos en los momentos álgidos. No se dejó provocar. Logró convertir, con sorprendente sangre fría los desafíos de la oposición en palanca para revertir los acontecimientos…

Cuando Maduro tomó conciencia de que el clima estaba contaminado, que no ofrecía garantías para sacar adelante iniciativas que abrieran caminos, como el diálogo, extrajo de la manga, y dejó sin aliento, a sus adversarios: la convocatoria del poder constituyente, conforme a lo que clara consagra la Constitución del 99 en los artículos 347-48-49. En cuanto a que “el pueblo de Venezuela es el depositario del poder constituyente originario”; que “en ejercicio de dicho poder, puede convocar una Asamblea Nacional Constituyente”, y que “la iniciativa de convocatoria podrá tomarla el Presidente de la República en Consejo de Ministros”…

Obviamente, Maduro arriesga el poder y el pellejo. Se mete en el terreno del toro una y otra vez, con lo cual expone demasiado. Una cornada noble o el ridículo. Pero confía en varios elementos de peso: experiencia en la lucha política, sentido de la oportunidad, la convicción de que cuenta con una fuerza poderosa como el chavismo y con la lealtad de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana. Además, con algo que constituye una ayuda determinante: la crónica torpeza de la oposición. La narrativa revela que, cada vez que el chavismo está metido en un atolladero, sale de él porque siempre los líderes opositores le lanzan el salvavidas de sus persistentes errores. Así fue el 11-A, cuando la carmonada, y posteriormente en innumerables episodios, como el show de los militares en la plaza Altamira, el paro petrolero, el terrorismo, la guarimba; y lo es actualmente con la racha de manifestaciones cuyo propósito es caotizar el país, sembrar el pavor en la población y lograr de esa manera su objetivo primordial: derrocar a Maduro. Pero todo indica que no lo lograrán. Que se repetirá el fenómeno de la oposición trabajando para el chavismo con su proverbial capacidad para incurrir en errores…

Abominable: Orlando Figuera fue apuñalado en la plaza Altamira, rociado con gasolina y convertido en antorcha humana por manifestantes de oposición. Falleció días después en un hospital. Carlos Ramírez fue objeto de una acción similar por hordas opositoras; sobrevivió y convalece en un puesto asistencial. A Barney Subero, oficial retirado de la GNB, una banda que manifestaba en Cabudare (Lar) lo retuvo, torturó y asesinó en plena calle. Los tres fueron atacados cuando alguien los identificó como chavistas. ¿De quien es la responsabilidad de semejante salvajada? ¿De los malandros que ejecutaron la acción o de los líderes que las instigan y guardan silencio? Ni siquiera han tenido una palabra de condena. Con semejante actitud -toda una vergüenza- pretenden gobernar a Venezuela.

 

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