Quién es Rosa María Payá y su secreto para viajar gratis en avión – #CubaEsNuestra

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Cuba recuerdó al afamado bailarín y coreógrafo español Antonio Gades, un viejo amigo de la Revolución Cubana, de cuyo fallecimiento se cumplen este domingo diez años.Gades, nombre artístico de Antonio Esteve Ródenas, falleció en Madrid, el 20 de julio de 2004, a los 67 años, como consecuencia del cáncer, pero sus restos se encuentran sepultados en la isla por propia voluntad.

Poco antes de morir, escribió una carta a su “compadre” el general de Ejército, entonces ministro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias y ahora presidente de Cuba, Raúl Castro, facultándolo para que dispusiera de sus restos.

La urna con las cenizas del artista permaneció custodiada por una guardia de honor en uno de los salones del ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, hasta que fue colocada definitivamente, en marzo de 2005, en el mausoleo en la cordillera de la Sierra Maestra.

Este mausoleo está dedicado a los primeros combatientes de la revolución que llevó al poder a Fidel Castro en 1959.

Gades mantuvo estrechos vínculos con la isla antillana, de cuyo Partido Comunista llegó a ser militante a partir de que visitó el país en 1975 por primera vez para trabajar junto al Ballet Nacional de Cuba en el montaje de su coreografía “Bodas de sangre”.

Desde entonces, sus viajes fueron frecuentes y prolongadas sus estancias en Cuba, donde cultivó una estrecha amistad con Fidel y Raúl Castro, a partir de la identificación con los ideales políticos de la Revolución Cubana.

En 1999, el habanero Instituto Superior de Arte le otorgó el doctorado honoris causa y, en 2004, pocos días antes de morir, el entonces presidente Fidel Castro le impuso la Orden José Martí, máxima distinción que concede el gobierno de la Isla.

“Dejé de ser artista para convertirme en un miliciano de verde olivo”, dijo tras recibir la condecoración de manos del propio Castro.

Desde 2007, en la Plaza de la Catedral, en el casco histórico de la Habana Vieja, una escultura de bronce recuerda el paso por La Habana del gran bailarín español.

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Situada en el portal del Palacio de Lombillo, en la Plaza de la Catedral, en La Habana Vieja, la escultura a tamaño natural muestra al artista de pie, recostado a una de las columnas de la edificación, como quien se detiene sin apuro a contemplar a transeúntes y la magnífica vista que se le ofrece.

Nacido a la sombra de la Guerra Civil española, en el seno de una familia obrera, en Elda, Alicante, en el este de España, vio la luz en 1936, el mismo año en que empezó la guerra civil, en la que su padre se alistó en las filas republicanas para luchar contra las fuerzas de Francisco Franco.

Sin embargo, el triunfo de los franquistas dejó a la familia con pocas posibilidades, por lo que a los 11 años tuvo que ponerse a trabajar y fue desde mozo en un diario español hasta repartidor de fruta.

En 1949 se inscribió en una academia para cambiar para siempre el rumbo de su vida, pues en esa escuela conoció a la que fue su maestra Pilar Dópez Júlvez, creadora de su nombre artístico.

“Me encantaba estudiar, pero no pude, y para sacar el cuello tenías que ser bufón, boxeador, ciclista o torero. Del boxeo me quité a la primera hostia (golpe) que me dieron, y aunque de ciclista me iba bien, enseguida me puse a bailar. A dar saltitos”, dijo en una ocasión al diario madrileño “El País”.

Su estilo, que mezclaba la elegancia del ballet con el garbo del flamenco español, lo hizo pronto célebre en los escenarios internacionales, por lo que en los 60 del siglo pasado debutó en la Scala de Milán y actuó en Roma, Nueva York y Chicago.

Con su propia compañía, Gades llevó su versión de “El amor brujo”, de Manuel de Falla, a los principales teatros de Europa, América y Asia, y se consagró en 1974 con una puesta en escena de “Bodas de Sangre”, a partir de la obra de Federico García Lorca.

En la década de los 80 llevó al cine, bajo las órdenes del director Carlos Saura, la trilogía “Bodas de sangre” (1981), “Carmen” (1983) y “El amor brujo” (1986).

Su último espectáculo, en 1994, fue “Fuenteovejuna”, una adaptación de Caballero Bonald sobre el texto de Lope de Vega.

En la actualidad, la Fundación Antonio Gades, que dirige su hija y conocida actriz española María Esteve, trabaja por mantener vivo el legado del célebre bailarín comunista.

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Por: Alberto Buitre

Me gustaría conocer a Rosa María Payá. La nueva cara del anexionismo cubano que habla de dictadura totalitaria, con esa mirada perdida, acondicionador en el pelo y su ‘outfit’ urbano de tacones, jeans y maleta en mano. Presiento que es toda una disidente de nuevo tipo; quizá es la neo-revolucionaria posmoderna que el mundo sediento de democracia y memes, esperaba.

Esto es una buena noticia porque, enfrentarse a una dictadura es una cosa, pero hacerlo sin maquillaje, es muy de los barbudos cubanos del 59. Y estos son otros tiempos. Las revoluciones de hoy debe tuitearse desde aeropuertos y recibir financiamiento del gobierno de los Estados Unidos. Puede que no liberen a un pueblo, pero los objetivos cambian: un día tendrás tu propio documental en Netflix y la gloria será toda tuya, siendo recordada como una mártir de la libertad.

Y es que siempre he considerado que tengo buen ojo para detectar rebeldes de nuestro tiempo. Aunque reconozco que he fallado. Un día proclamé a la bloguera cubana Yoani Sánchez como nuestra nueva liberadora del periodismo, pero es la hora que sigo esperando que de su pluma caiga la Revolución en Cuba. Quizá con Payá no me equivoque y esta sí, esta sí, lo haga por convicción y no sólo por los dólares y los lonches que dan en los aviones.

Afortunadamente podré enterarme de esto en el próximo 19 de junio, cuando Rosa María Payá aterrice en el balneario cinco estrellas de Cancún, México, donde la presidenta de “Cuba Decide” –organización financiada por la National Endowment for Democracy, a su vez pagada por la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional, USAID, oficina del Departamento de Estado de EEUU–, participe del quinto Foro Regional Juventud y Democracia que organiza la Red de Jóvenes Latinoamericanos por la Democracia (Juventud LAC), donde la nueva cara de la contrarrevolución cubana se juntará con sus amistades a contarse cuanto sufren de sus derechos humanos, claro, con piñas coladas en mano.

Pero como en política nada es casualidad, es preciso informar que el evento de la Juventud LAC se llevará al cabo paralelamente a la 47va Asamblea General de la Organización de Estados Americanos (OEA, antes Ministerio de Colonias de EEUU) que ahí mismo tendrá lugar. Así que ambas plataformas aprovecharán la brisa de la rivera mexicana para firmar un acuerdo de cooperación para llevar más democracia y más derechos humanos a América Latina, igual a la que Washington llevó a Libia o Afganistán.

Quiero conocer a Rosa María Payá. Me da curiosidad la mentalidad de quien acusa una dictadura en Cuba, pero accedió gratuitamente a todos los beneficios sociales en su país y nunca fue discriminada por las actividades contrarrevolucionarias de su familia, una especie de club denominado Movimiento Cristiano de Liberación (MLC).

El MLC fue fundado por su padre, Oswaldo José Payá Sardiñas, a quien Rosa María ayudaba como traductora de inglés o recogiendo firmas para el denominado Proyecto Varela, una iniciativa financiada por el Departamento de Estado de los Estados Unidos operado de 1998 al 2003 que pretendía reformar las leyes cubanas en pos de supuestas “libertades individuales” que en realidad buscaban inocentemente desmantelar el socialismo en la isla. Pero el proyecto fue un desastre y fracasó porque no pudo acreditar las firmas necesarias, no pudo argumentar sus peticiones y estaba mal redactado.

Oswaldo Payá murió en un accidente automovilístico en julio de 2012. Por eso fue sentenciado en La Habana su acompañante, el español Angel Carromero, por homicidio imprudente en accidente de tráfico, en un juicio calificado por el consulado de España como “limpio, abierto y procesalmente impecable”.

Pero la causa de Rosa María Payá fue culpar al gobierno cubano de haber asesinado a su padre. Exigió una investigación internacional, aunque ni ella o su familia nunca han aportado alguna prueba de sus acusaciones. No obstante, su versión le ha redituado. Desde abril de 2013, la presidenta de Cuba Decide viaja por Europa, Estados Unidos y Latinoamérica presentándose como víctima, ganando reflectores y la aprobación de la administración estadounidense para obtener dinero para operar acciones anti-cubanas.

Alegando supuestas amenazas de muerte, acoso y persecución política, buscó ayuda en la Oficina de Intereses de Estados Unidos en Cuba (hoy Embajada), y logrando abandonar la isla junto a su madre y sus dos hermanos. A su llegada a EEUU, de inmediato recibió el apoyo de la contra-cubana de Miami –autora de diversos atentados terroristas dentro de Cuba, como el ataque en pleno vuelo a un avión de Cubana de Aviación en 1976, considerado el peor atentado de este tipo en la historia del hemisferio–, logrando ser llevada de la mano por el correligionario de Donald Trump, el congresista Marco Rubio, hasta el discurso del Estado de Unión ofrecido por Barack Obama en enero de 2015.

No conforme con su vena terrorista, Rosa María Payá viajó a finales de enero de 2016 a la República Dominicana para reunirse con su amigo Félix Toledo Montero, un ex integrante de la brigada 2506 que fue aplastada por Fidel Castro en la invasión de Playa Girón, y que posteriormente, integrado en las fuerzas especiales de la CIA, fracasó en su intento de perseguir al Che Guevara en el Congo. Derrotado, pero obcecado, fundó la organización paramilitar “Cuba Independiente y Democrática”, entrenando militarmente a elementos terroristas que ejecutaron acciones violentas contra Cuba.

Quiero conocer a Rosa María Payá porque quiero ver como es una refugiada política que viste ropa de centro comercial y cobra en dólares. En el 2013 la vi siendo entrevistada en la televisión mexicana. “Mira esta mártir, tan emperifollada”, pensé. Recién la vi en Chile, donde le cayó en el hígado a estudiantes de ese país cuando la cubana hablaba de dictadura totalitaria y, en medio minuto, quienes crecieron bajo el yugo de Pinochet le pidieron dejar de decir mentiras.

 

Me gustaría escuchar a esta “agente de cambio” hablar de derechos humanos en el México de los 150 mil asesinados por la violencia y los más de 33 mil detenidos-desaparecidos, incluidos los 43 normalistas de Ayotzinapa.

Confieso que admiro a Rosa María Payá. Me asombra como ha convertido un proyecto fracasado como el Plan Varela –ahora llamado Cuba Decide–, en una junta que obtiene miles de dólares por la NED, o la Cuba Freedom Foundation, o la Freedom House, o la Fundación Konrad Adenauer ¡Todo un modelo de éxito! Sobre todo, al considerar que en el resto de América Latina otras activistas de derechos humanos como la hondureña Berta Cáceres, en vez de billetes, han encontrado la muerte. Sin duda, Payá debe estar haciendo algo bien.

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