En nombre del hijo y del padre cubano

Escrito por  Vladia Rubio / CubaSí
Acompañar a su esposa en el momento del parto puede representar para el hombre una puerta que se abre a nuevas formas de entender su condición de papá que recién nace, además de muchas otras ventajas.
Michel y Made lo habían preparado todo. El de ambos jóvenes sí era un hijo deseado, planificado, y querían disfrutarlo desde su primer minuto en el mundo.

Pero aunque Michel hasta había aprendido con la barrigona los ejercicios respiratorios para el momento del alumbramiento, en preparto lo miraron como si fuera un extraterrestre cuando expresó la intención de acompañar a su mujer en el trance, además, porque  el niño que nacería era de ambos.

“No está permitido” fue la respuesta que, sin inflexiones ni matices, como si fuera una máquina la que contestara, le reiteraron una y otra vez.

El niño de ambos, sano y hermoso,  ya tiene año y medio. Pero nada ni nadie podrá restituirle a Michel el haberse perdido el primer llanto de su bebé, la primera vez que abrió los ojos al mundo.

Una muy interesante investigación para obtener el grado científico de Doctor en Ciencias de la Salud, de la cubana máster en antropología y licenciada en Biología, profesora de  la Universidad de la Habana, Dailys García Jordá, ratifica que el caso de Michel no es el único.

Al analizar desde una perspectiva antropológica representaciones y prácticas sobre el nacimiento acontecidas en Cuba entre 2007 y 2010, la actual doctora García Jordá constató que el acompañamiento a las mujeres “está ausente en momentos de gran impacto para ellas y la causa es la prohibición que imponen los servicios y no la negación de los familiares.

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Puntualiza la estudiosa que todas las parturientas que entrevistó “expresaron el deseo y la necesidad de un acompañante en todo el proceso, algunas de ellas con especial énfasis en sus compañeros, aunque la mayoría prefirió a la madre”.

Cualquiera puede ser ocasión propicia para abordar este asunto, pero ahora, a propósito del Día de los Padres, es aun mejor la coyuntura porque ha quedado evidenciado que la participación del hombre en el embarazo, parto y puerperio de su pareja anota importantes puntos a favor de su afectividad, de sus expresiones de cariño, a la vez que influye de modo muy favorable en la construcción de su paternidad.

Y no puede olvidarse que la  paternidad  es  para  los  varones, al decir del Doctor en Ciencias Sociales chileno José  Olavarría, una  parte  fundamental  de  su  identidad.  Es concebida en su ciclo de vida como una parte del deber ser de un hombre, que igual da fe de su virilidad  y  capacidad reproductiva. Trabajar, formar una familia y tener hijos son mandatos desde la subjetividad social.

Claro que no son esos los únicos resortes que hoy están moviendo al cubano a tener hijos. Aunque la tasa de fecundidad sigue en declive, aquellos hombres que en el presente optan por tener descendencia -y cada vez se aprecia más consensuada tal decisión-, lo hacen también motivados por el gran bulto de cosas hermosas que ello implica.

El propio Michel lo resume así: “Tener este hijo es de las cosas más lindas que me ha pasado en la vida. Creo que es la  más. Aunque da tremendo trabajo, porque primero eran los pañales, los biberones; ahora los zapaticos…, pero yo lo veo y siento que es también mi obra, y que podré ayudarlo a ser si no un gran hombre, al menos, uno bueno, feliz.”

Y a este padre todavía estrenándose, se le descubre una momentánea humedad en la mirada, que oculta rápido porque, aunque él sea parte de esas nuevas masculinidades que en para bien van emergiendo en Cuba, de todas formas, “los hombres no lloran”.

No son pocos los expertos que coinciden al destacar cómo esas nuevas masculinidades van posicionándose, lenta pero evidente e innegablemente, en el panorama nacional, machista y patriarcal por tradición.

Y este “nacimiento”, que como cualquier otro  va acompañado por conflictos, retos y angustias, igual encuentra espacio en los ámbitos de la paternidad, con todos los beneficios que igualmente reporta para los propios hombres, para sus parejas y para sus hijos.

Refiere García Jordá en su tesis doctoral que “la participación de los hombres en la maternidad y el cuidado de los hijos ha aumentado, a pesar de que para algunos de los/as expertos/as el hombre cubano es aún “machista” y solo se ha incorporado pobremente al proceso reproductivo, por la escasa participación de estos en el acompañamiento a la embarazada durante el trabajo de parto y el parto.

Las entrevistas, la observación participante y otras técnicas de investigación aplicadas por esta experta le permitieron concluir que cuando ha existido la posibilidad, no suele ser el hombre quien acompañe a la parturienta. De todos modos, también deja marcadas en su estudio las reservas del personal de salud a admitir acompañantes.

Además de problemas estructurales en los servicios de maternidad que atentan contra esta posibilidad –escasez de ropa estéril, de espacio, etc.- la antropóloga señala que el persona de salud con el que intercambió también había referido como motivo para no propiciar la entrada de acompañantes, cierta “incompetencia cultural”. Pero la estudiosa hacer notar lo contradictorio de ese criterio con la opinión vertida por ese mismo personal sobre lo bien informada que está la población cubana.

No es menos cierto que se deben haber dado casos de papás desmayados, o con descomposturas y hasta malas formas ante uno u otro proceder médico, pero si los cubanos somos tan informados como se asegura, probablemente no sea la mayoría la que se conduzca como un obstáculo en medio del paritorio.

En esencia, las cosas parecen apuntar a que “Aunque existen algunos avances, todavía se identifica subvaloración de la participación masculina como binomio imprescindible para el proceso de embarazo, parto y puerperio” según la antropóloga.

Sus propias esposas habían declarado a la investigadora que ellos “no estaban preparados para el momento”. La indagación detectó que mientras más informados estaban ambos, más se evidenciaba la preferencia porque él acompañara a la mujer en ese importante proceso.
Donde  sí todo el mundo quería que el papá de estreno no faltara era durante las noches, en la sala de puerperio, pero no les fue permitido.

Nuevos papás

En general, la investigadora constató que los hombres, de acuerdo a lo declarado por las nuevas mamás, constituyeron para ellas un apoyo emocional durante el proceso de embarazo, parto y puerperio, en el que afirmaron sentirse atendidas y protegidas por ellos desde que conocieron la noticia de que un nuevo ser venía en camino.

Ellos las acompañaban, según sus posibilidades laborales, a las consultas prenatales, la mayoría programó sus vacaciones para hacerlas coincidir con el parto, y en particular priorizaron el ultrasonido para “ver a su bebé”.

Esta reportera fue por estos días interlocutora de un futuro papá, quien al llegar de visita anunció alborozado: vean a mi niño, traje foto. ¿Cómo, nació a pretérmino?, alguien le preguntó alarmado. Como respuesta, el visitante mostró orondo una imagen tomada por ultrasonido e impresa.

Aunque apenas podía distinguirse algo parecido a un niño, el papá en ciernes sacaba el pecho y ponía una y otra vez la hoja de papel ante los ojos de todos insistiendo: Mira qué clase’e muchachón, chico; y tiene las manos igualitas que las mías, mira, mira”.

En coherencia con esa nueva paternidad que junto a una masculinidad renovada va emergiendo, la indagación evidenció que los hombres, al menos los estudiados, comenzaban a adoptar nuevos roles a raíz del embarazo de la mujer. Tal novedad se expresó en una mayor implicación en las tareas domésticas, la mayoría como ayuda, no como corresponsabilidad, pero ya es algo.

Este y otros estudios ratifican la importancia que reviste el acompañamiento a la futura mamá  durante el trabajo de parto, el alumbramiento en sí y el período inmediato posterior. En caso de no poder concretarse tal compañía, cuando se trata del marido, ello implica sentimientos de frustración para las parejas que habían construido y pensado ese momento con anterioridad,  comenta la antropóloga.

Al mismo tiempo, cuando la institución de salud no posibilita dicha compañía, también está reforzando, aun sin proponérselo, los tradicionales roles de géneros que confieren a la mujer el papel de cuidadoras por excelencia.

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Tal postura no parece ser consecuente con los objetivos de la IV Jornada Maternidad y Paternidad responsable, que se despliega en esta Isla desde el pasado febrero y hasta el 19 de este mes, aauspiciada por el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia y por el de Población, respectivamente.

Justo en el contexto de esta jornada, la Federación de Mujeres cubanas de conjunto con el Minsap presentó una segunda edición de la Carpeta Metodológica, con recomendaciones para padres y madres. En dicha presentación, una de las autoras de ese texto y miembro del secretariado Nacional de la Federación,  Maritza Lara, recordaba:

“Nuestra sociedad no escapa a la influencia de un modelo de familia patriarcal que, históricamente, ha colocado a las madres como las encargadas del cuidado y educación de los hijos y relega a los padres al rol de proveedores o sustento económico, unido al de autoridad o cabeza de familia. Al priorizar y concebir a la mujer como el centro del proceso de embarazo, se minimizó la participación del hombre”.

La propia Organización Mundial de la Salud en sus Recomendaciones sobre el nacimiento sugiere que “Para el bienestar de la nueva madre, un miembro elegido de su familia debe tener libre acceso durante el parto y todo el periodo postnatal”.

Una emoción padre
“Varias investigaciones plantean que no existe una relación lineal entre masculinidad y
función paterna, ni entre feminidad y función materna. Los roles y funciones pueden intercambiarse, sustituirse y dentro de algunos límites hacerse equivalentes”.

Así lo suscribe la antropóloga y doctora García Jordá, convencida del obstáculo que representa en el camino a la igualdad de géneros conferirle en exclusivo a la mujer el deber de la atención y educación de los hijos.

Porque la nueva mujer que ya existe aquí necesita de un nuevo hombre portador de una paternidad diferente: la sustentada en una relación más equitativas y en una participación realmente compartida y responsable, que abarque desde tomar parte en la decisión de tener descendencia así como en su gestación, nacimiento, crianza y educación.

Ya en por esos rumbos comienza a andarse, desdibujando patrones patriarcales, y así lo evidenció la investigación que ha servido de fuente a este trabajo:

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