De las “razones robóticas” a un debate ideológico centrado en la Revolución #CubaEsNuestra

Por Maikel Pons Giralt | LA PUPILA INSOMNE

Resultado de imagen para RAZONES roboticasLa Razón es un cuento de ciencia ficción de Isaac Asimov, publicado por primera vez en el ejemplar de abril de 1941 de la revista Astounding Science Fiction. En ese texto el robot “Cutie”, es un modelo avanzado con habilidades de razonamiento altamente desarrolladas. Usando estas habilidades, decide que el espacio, las estrellas y los planetas más allá de la estación realmente no existían, y que los humanos que visitaban la estación eran insignificantes, de corta vida y utilizables. Crea su propia religión, concluyendo que debe convertirse en el profeta del señor y servir sólo al señor, el transformador de energía. Hace la aseveración “he concluido que existo, porque pienso”. La respuesta de los humanos fue: “¡Por dios! ¡Un Descartes robótico!”. Siempre me obsesiona esa idea de qué hacer para no argumentar “razones robóticas” en una discusión.

En mi artículo Hablando de Socialismo y Revolución…con ideas ilustradas y colonizantes publicado en este blog, me referí a ideas que circulan en las redes sociales a partir de la polémica sobre “centrismo” y “anticentrismo” en Cuba. No menciono nombres en el artículo, pero lo escribí pensando en artículos publicados por personas que respeto como intelectuales pero que no son infalibles, como ninguno de nosotros, en las ideas que exponen. Artículos en Cuba Posible de la autoría de Lennier López y Arturo López-Levy, en los cuales no solo hay una diversidad de ideas sino una concreción de posturas epistémicas que desconocen, deslegitiman y minimizan una historia revolucionaria, imperfecta y limitada pero también de muchos logros dignos y palpables en la realidad de Cuba. Analicé por ejemplo el discurso y las ideas de Lennier López en casi todos sus artículos, un total de 11, para tratar de encontrar un equilibrio, una ponderación por momentos en sus argumentos críticos. Solo encuentro por regla una crítica que se torna ácida y despiadada hacia el gobierno cubano y sus instituciones.

Los profesores Lennier López y Arturo López-Levy se han reconocido en sus artículos como “centristas” y han dado sus argumentos de por qué escogen esta tendencia política para posicionarse, por qué entonces hablar de “supuestos centristas”. En su caso particular ellos se han calificado con orgullo, de esa forma. Si de verdad se quiere debate, intercambio de ideas, diversidad de opiniones y libertad de expresión también hay que ser responsable con lo que se dice y asumirlo, pero para asumirlo críticamente hay que estar dispuesto a argumentarlo de forma equilibrada y responsable ante personas que piensan diferente de usted.

Leí artículos en la revista Espacio Laical, durante la dirección de Lenier González y Roberto Veiga, fue un espacio académico privilegiado en diversidad de criterios. Cuando se proponían temas complejos, las discusiones posteriores siempre eran enconadas y diversas, ¿por qué ahora tanta preocupación con que alguien tenga ideas diferentes sobre lo que ellos publican? En mi caso personal, y hablo por mí para cargar ante todo con mi responsabilidad, no formo parte ni formaré nunca, de “campaña” alguna. Como otras personas pienso diferente en diversos tópicos y posturas, aunque tome en consideración lo que todos dicen tengo la convicción que hay argumentos que se exponen que no mesuran su verdadero efecto y que benefician en primera instancia a poderes foráneos. Los mismos poderes externos que por la fuerza, el hambre, la desesperación y la muerte tratan de impedir que se construya una sociedad mejor a partir de un proyecto de nación auténtico, soberano y socialista. Soy partidario fiel de la crítica y por eso me he tenido que enfrentar en disímiles ocasiones a incomprensiones injustas y otras situaciones en las cuales he sido yo el equivocado, en la búsqueda de razones. Pero la defensa de ideas, la rebeldía justa y la herejía revolucionaria, contestatarias y polémicas por naturaleza, no pueden ser inocentes, desmedidas, descarnadas si su centro es defender el proyecto revolucionario.

El profesor Teun Van Dijk[i] en uno de sus análisis sobre la relación entre ideología, política y discurso, expone lo siguiente:

“Por décadas, el comunismo era asociado con la agresión, la falta de libertad y una ideología rígida. De igual manera, si el comunismo es bueno o mejor que “nosotros” en el área de servicios sociales, cuidado de salud o educación, el discurso anticomunista típicamente ignorará o minimizará tales “cosas buenas” de su antagonista.(…) Así, a menudo, mucha de la investigación ha mostrado que ese discurso ideológico, en lo que podría llamarse el “cuadrado ideológico”, ofrece las estrategias globales siguientes: hacer énfasis a nuestras cosas buenas; hacer énfasis a sus cosas malas; minimizar nuestras cosas malas; minimizar sus cosas buenas.”

En consonancia con esto la inocencia política no puede llevar a hacer planteos sistemáticos de descrédito a las instituciones revolucionarias y esperar que todo el mundo esté de acuerdo con eso. Es verdad que en ocasiones el debate se torna indelicado en los criterios, y llegamos a ser irrespetuosos, pero de ambas partes han existido esos posicionamientos y son también actitudes humanas, si fuéramos dioses todo sería más fácil. Pero discutir de ideología, de sociedad, de política y del futuro de Cuba no es una tarea mitológica, aunque se torne titánica. Es preocupante que queremos defender un debate abierto pero aséptico, sin fricciones, sin contrapunteos y polémicas entre personas específicas. ¿Qué democracia sosa es esa donde no puedes discrepar de alguien?  Donde inmediatamente que alguien no esté de acuerdo conmigo tengo que catalogarlo de Pol Pot y remitirme al Quinquenio Gris. Por favor hermanos cubanos, ¿que yo no esté de acuerdo con algunos de los argumentos que se plantean en Cuba Posible y discrepe de ellos dando mis argumentos me hace tener un “miedo canijo” como dice el profesor Julio César Guanche en su último artículo o ser un acólito contemporáneo de Pavón y sus secuaces? Igual puedo no estar de acuerdo en ocasiones con lo que se publique en Granma o Cubadebate.

Es también un dogma y un extremismo pensar que una revolución es un lecho de rosas, eso nos carcome cada debate que hacemos. La autocensura siempre nos limita y ahí también hay tierra fértil para la censura injusta o para coartar la crítica necesaria y oportuna. Leo a Julio C. Guanche hace años, lo utilizo en mis clases al igual que a Julio A. Fernández Estrada y muchos más que publican en Segunda Cita, en Cuba Posible, en La pupila insomne, en Cubadebate, escucho a López-Levy y a Emilio Ichikawa en la Tarde se Mueve, el programa radial en Miami de Edmundo García. Busco conocer con modestia las ideas del socialista, el liberal, el comunista, el conservador, el católico y el santero. Al final tengo el derecho y el deber como ser humano, como ciudadano y como cientista social de hacer mis conclusiones y expresarlas con respeto y mesura, pero con valentía y convicción. Sino estoy de acuerdo con los socialdemócratas y con la socialdemocracia lo digo y lo argumento y no por eso tengo que ser un “caza fantasma”.

En los últimos años las limitaciones económicas y las ansias de actualización económica y prosperidad nos han hecho perder un poco la importancia que tiene el debate ideológico en los procesos revolucionarios. El debate abierto en las aulas, en la calle, en el barrio, en los blogs, en todos los lugares posible. Los que nos creemos en ocasiones la “intelectualidad”, queremos solamente discutir estos temas cuando vamos a un evento importante o cuando publicamos un artículo en una revista, pero ser infalibles y categóricos en lo que decimos, se necesita más humildad científica y humana para debates sociales tan serios. Pero precisamente el debate abierto, mientras más abierto sea es más público, y la frontera entre el discurso privado y público se estrecha y todo el que promueve debates de interés público, de agenda pública, tiene que estar listo para la discrepancia, para el contrapunteo, incluso para el escarnio en ocasiones. Es infantil pensar que los únicos que deben asumir el escarnio de lo que se hace mal son los gobernantes. Mientras más crítico y punzante es tu discurso académico, mientras más polémicas genera por la sensibilidad de los temas sociales que maneja… más coherente debe ser la persona con lo que plantea y más consistente en sus posturas intelectuales. En este punto apelo nuevamente a Teun Van Dijk con este fragmento, que clarifica las complejidades de un debate ideológico y sus actores:

“No todas las creencias socialmente compartidas por un grupo son ideológicas. Así, los grupos ideológicamente diferentes u opuestos en una misma sociedad tienen que tener creencias en común a fin de ser capaces de comunicarse en primer lugar. Este espacio común consiste en el conocimiento socioculturalmente compartido, que por definición es preideológico dentro de esa sociedad (…) Muchas — pero no todas – ideologías son relevantes en situaciones de competición, conflicto, dominación y resistencia entre grupos, es decir, como parte de una lucha social. Esto también explica por qué muchas de las estructuras mentales de las ideologías y prácticas ideológicas son polarizadas sobre la base de una diferenciación intragrupal-extragrupal, típicamente entre nosotros y ellos, como se manifiesta también en los discursos ideológicos. Sin embargo, dado que muchas ideologías sociales se desarrollan como parte de relaciones de grupo, conflicto o dominación y resistencia, e implican el debate ideológico que es a menudo publicado en los medios de comunicación, muchos miembros de grupo conocen al menos los principales principios ideológicos de su grupo — y de otros grupos. En efecto, cuando sus intereses son amenazados a menudo ellos saben cómo y por qué protegerlos. (…) Esto sugiere que deben buscarse las diferencias ideológicas más bien en lo que las personas digan, y no en cómo lo dicen.”

Un debate abierto debe ser respetuoso con la relación otredad/mismidad/alteridad con respeto a las diferencias, pero también con respeto a la individualidad. En ocasiones podemos ser incomprendidos, malinterpretados y escarnecidos pero las posturas de autoexclusión y victimización tampoco colaboran y promueven diálogo armónico y reflexión. Sería bueno también posicionar de qué socialismo diferente se habla y qué es lo que le aporta al que se trata de construir en Cuba sin negar las esencias de lo que se ha construido. Reitero la necesidad de asumir responsablemente lo que decimos y hacemos, y se precisa la coherencia entre el proyecto discursivo que se propone y las realidades complejas que nos circundan.

Para mí al proyecto de socialismo cubano lo que más le hace falta no es “el republicanismo, el Estado de derecho y la fraternidad”, en Cuba desde 1959 tenemos ampliamente eso, solo que en un necesario intento de desmarcarse de la práctica y el pensamiento burgués. Por eso necesitamos cada vez más la originalidad, la deconstrucción de conceptos históricamente colonizados y que solo han estructurado otras formas de colonialismo interno en la cimentación del socialismo cubano y sus instituciones. Hace falta parecernos más a nosotros mismos, Ariel no puede seguir siendo el modelo a seguir mirando a Próspero siempre, tenemos que ser Calibanes despiertos y creativos. Cuando por ejemplo el profesor Julio A. Fernández Estrada en su artículo La soledad del corredor de la izquierda publicado en OnCuba dice que: “Nuestros currículos americanos y subdesarrollados no hablan en inglés ni cuentan de eventos demasiado respetables”. No puedo estar de acuerdo con ese planteo, se siente demasiado aire despreciativo hacia el pensamiento y la práctica crítica y descolonizadora de la intelectualidad latinoamericana y cubana. Le doy la razón en que el currículo nuestro debe cambiar, esencialmente para incluir de forma profunda un pensamiento periférico, subordinado, marginal, descolonizador, del Sur que ha sido históricamente invisibilizado. No necesitamos tampoco tener eventos solo a imagen y semejanza de EE. UU y de Europa. Creo que por todavía parecerse tanto nuestros currículos a la teoría norteamericana y europea, es que no entendemos nuestro propio lugar y no articulamos nuestro propio pensamiento y prácticas, consecuentes con un proyecto social como el que queremos. Estoy haciendo mi doctorado en una universidad brasileña, soy profesor en una universidad cubana y he intercambiado con académicos norteamericanos, europeos, latinoamericanos. Con propiedad puedo decir que los cubanos y los latinoamericanos no necesitamos parecernos a ellos para ser nosotros mismos.

El más universal de los cubanos José Martí[ii] quien marca un hito esencial en un pensamiento cubano descolonizador y emancipador, plantea en el ensayo Nuestra América:

(…) “La universidad europea ha de ceder a la universidad americana. La historia de América, de los incas acá, ha de enseñarse al dedillo, aunque no se enseñe la de los arcontes de Grecia (…) Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas.” (…)

Para Martí no son las recetas y libros europeos y estadounidenses los que van a descubrir el enigma americano (cubano) y sus soluciones.

Hablar de la izquierda mundial (especialmente la norteamericana y europea), y tomarla modélicamente en el contexto de la izquierda cubana, en mi modesta opinión es también crear un mare magnum de confusión ideológica y conceptual. Pero si de izquierdistas europeos y norteamericanos vamos a hablar entonces refiero a algunos como Noam Chomsky, Howard Zinn, Immanuel Wallerstein, Bruno Latour, Robert Michels, Boaventura de Sousa Santos, Slavoj Žižek y Pierre Bordieu que argumentan la inviabilidad del modelo capitalista y de los valores republicanistas que se alegan para nuestro socialismo. Esos autores demuestran con profundos argumentos el fracaso del liberalismo burgués en sus más disímiles manifestaciones. Un proyecto socialista que se edifica como alternativa a ese capitalismo no puede ser enunciado en los códigos y símbolos   de “igualdad, libertad y fraternidad”, una consigna que quedó en el discurso de la República Francesa y los Ilustrados, dando paso a la desigualdad más salvaje y opresiva que ha conocido la humanidad.

El intelectual francés Jean Paul Sartre en un fragmento de su libro Huracán sobre el azúcar escrito tras su visita a Cuba en 1960 nos deja el siguiente mensaje:

“La revolución es una medicina de caballo: una sociedad que se quiebra los huesos a martillazos; demuele sus estructuras; trastorna sus instituciones; transforma el régimen de la propiedad y redistribuye sus bienes; orienta su producción según otros principios; trata de aumentar lo más rápidamente posible el índice de rendimiento y, en el mismo instante de la destrucción más radical, intenta reconstruir, darse, mediante injertos óseos, un nuevo esqueleto.”

Estos apuntes siguen siendo un intento más de alejarnos de lo que pueda ser un debate de “razones robóticas” y centrarnos en el desafío de continuar actualizando y profundizando esta Revolución y Socialismo caribeño, casi siempre impactado por huracanes de todo tipo. Personalmente reconozco tener mucho que hacer todavía por el socialismo que quiero…pero sé perfectamente el capitalismo que no quiero para Cuba y por eso sigo trabajando y seguiré en este debate.

*Ms. C. Profesor Universidad de Camagüey, Cuba/Doctorando en la Universidad Federal de Minas Geraes, Brasil.

[i] Van Dijk, Teun A. (2005). Política, ideología y discurso. Quórum Académico, Vol. 2, N° 2, julio-diciembre, pp. 15 – 47.

[ii] Martí, José (2007). Nuestra América. En: Bolívar, Omaira& Damiani, Luis (comp). Pensamiento pedagógico latinoamericano. Por una Universidad Popular y Socialista de la Revolución Venezolana. Ediciones de la Universidad Bolivariana de Venezuela, Caracas, pp. 100-107.

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