Dustin Hoffman, un Pierrot descolocado en Hollywood

Escrito por  Ansa | CUBASI
Dustin Hoffman Dustin Hoffman

La longevidad tal vez no le siente a los divos pero le brinda singularidad a los grandes artistas, llegado al umbral de los “segundos cuarenta años”, Dustin Hoffman confiesa: “el shock mayor lo tuve a los 30, cuando debí aceptar la madurez”.
El actor reflexionó previo a cumplir los 80 el martes 8 de agosto. “Hoy es distinto, pero le hice prometerme a mi mujer que al entrar a casa no me iba a encontrar con una ruidosa fiesta sorpresa: por un lado tendría miedo de conmoverme y por otro nunca amé el caos y el ruido, somos una familia pequeña los Hoffman”, agregó el consagrado actor. En verdad su tribu no es tan reducida dado que su primer matrimonio con Ann Byrne le obsequió dos hijos, uno de ellos adoptivo, y del segundo, con la imprescindible Lisa Gottsegen tuvo otros cuatro. Nacido en Los Angeles el 8 de agosto de 1937 de una familia de origen judío rumano, el pequeño Dustin, hijo único, respiró desde siempre el ambiente del arte por el trabajo de su madre como pianista de jazz y las experiencias de su padre como escenógrafo en los estudios Columbia.

Recién en la madurez descubrió el doloroso calvario que atravesaron sus progenitores desde los pogromos antisemitas de Europa Oriental hasta su huída hacia Estados Unidos. Como si el destino se divirtiera en dibujar el futuro con pequeños presagios, el pequeño en cuna de artistas le debió su nombre a una pasión cinematográfica de sus padres: el ahora olvidado divo del cine mudo Dustin Farnum.

Así tras algunos intentos abandonados de estudiar medicina, aquel joven de físico pequeño, nariz grande e histrionismo innato dejó Los Angeles (“soplaba un viento racista poco agradable”, recuerda) para buscar fortuna en Nueva York.

En la mejor tradición estadounidense tuvo mil oficios (“hasta los 31 años viví bajo el límite de la pobreza”, rememora) para llegar, tras dos rechazos consecutivos, a formar parte del selecto grupo de Lee Strasberg en el mítico Actor’s Studio.

Se presenta en teatro, en el Off Broadway, recoge pequeños papeles en televisión durante todos los años 60, duerme en el piso de la cocina de su colega Gene Hackman, comparte el alquiler con él y con Robert Duvall, quienes también sueñan con el estrellato, hasta que le llegará su gran oportunidad. Mike Nichols buscaba a su protagonista para el filme “El graduado”, Hoffman se entera por su vecino Mel Brooks, que está casado con Ann Bancroft, ícono de esta película. “Era un rol perfecto para Robert Redford, tuvieron una gran valentía de confiar en mí y desde aquel momento, como en las fábulas, todo cambió”, afirma.

Corría el año 1967, “El graduado” lo vuelve candidato como protagonista al Oscar y al Golden Globe, la banda de sonido recorre el planeta, público y crítica lo aclaman juntos.

Desde entonces pasaron 50 años de carrera que acumularon 84 películas, dos Oscar, una dirección y tal variedad de papeles que lo transformaron en el actor completo y admirado que recogió la herencia histriónica de Jack Lemmon y rivalizó de por vida, en un duelo de “pequeñitos”, con Al Pacino. Perdió los roles de Mike Corleone y de Shylock, pero obtuvo el del inolvidable Rizzo en “Perdidos en la noche” (el inolvidable drama “Midnight Cowboy” de John Schlesinger de 1969) y el del desesperado Raymond, el hermano autista de Tom Cruise en “Rain Man”, por el cual obtuvo su segundo Oscar en 1989, diez años después de haber sido premiado por “Kramer versus Kramer”.

Junto con el propio Lemmon y con Robin Williams pudo conformar el trío de actores que compusieron los papeles más convincentes en Hollywood como mujeres travestidas, gracias a la exitosa “Tootsie” (1982) de Sydney Pollack.

Se destacó también en “Pequeño, gran hombre” (1970) de Arthur Penn, “Perros de paja” (1971) de Sam Peckinpah, y en la fábula “Hook” (1991) de Steven Spielberg, entre tantos otros roles memorables.

También dio vida a memorables dúos de actuación como en “Maratón de la muerte” (1976) con Laurence Olivier; “El jurado” (2003) con Gene Hackman; “Todos los hombres del presidente” (1976) con Robert Redford; hasta el irresistible “Escándalo en la Casa Blanca” (1997) con Robert de Niro, que pareció anticipatorio del caso de Monica Lewinsky y el entonces presidente Bill Clinton.

Con contadas incursiones en el cine europeo, el talento de Hoffman no conoce límites, tan legendario resulta su perfeccionismo que muchas veces le hizo la vida difícil a los directores.

Puede dar todo de un papel y luego encarar otro completamente contrario, con una secreta predilección por la comedia (“el género más difícil, por eso me entusiasma”, dijo alguna vez) y una veta de melancolía que se funde con una constante nostalgia adolescente.

Resulta natural pensar en él como un Pierrot descolocado en la meca del cine: un poco cómplice, un poco perdido, divertido, y siempre reconcentrado en la escena, sobre la cual construyó su vida.

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