Los medios “demócraticos” los presentean como una serie de HBO: Terrorismo pop y márketing post morten

Maryu Alejandra | Gracias a MISION VERDAD

 

El concepto de libertad prefabricada aplicada a Venezuela en la actualidad ha dejado más de 100 muertos y decenas de destrozos. Jóvenes, en su mayoría de la clase media, han creído que esas acciones son verdaderamente el reflejo de cómo combatir una dictadura: con miles de cámaras alrededor, transmisión vía Periscope y ni un centavo que invertir, todo es ampliamente financiado en la insurrección donde se empuñan piedras, puputovs y armas de fuego. Lógicamente, como en toda guerra, hay quien gana más.

¿Quién ganó con la muerte de Neomar Lander? Es una pregunta que se responde fácilmente si uno escucha las declaraciones de Lilian Tintori en torno al caso o a su imagen, pero se responde más rápido si uno clickea en myownprotest.com, un portal donde se venden prendas de vestir con imágenes alusivas a cualquier vaina que proyecte rebeldía.

Y como el tema de moda en el mundo es Venezuela, pues se encuentran desde camisetas con la imagen del Salto Ángel hasta gorritas con la mirada de Neomar (resaltando que es además un intento balurdo de apropiarse de la simbología que reposa en la mirada de Hugo Chávez), a quien han convertido hoy en un producto que ya no sirve sólo de relleno al discurso demagógico de la dirigencia opositora, sino que comienza a ser un instrumento para los mal llamados emprendedores, los bachaqueros de la muerte, los que tomaron un hecho fatal y lo convirtieron en negocio.

En Venezuela puedes intentar derrocar un gobierno legítimamente electo y ser un prócer trending, puedes quemar personas y ser demócrata new age. A la par de la confrontación in situ, de la rebelión criollísima, hay gente utilizando todo el resultado de la guerra impuesta y lo convierte en su trabajo, lo adereza con pasarela, con filtros de Instagram y ya tiene su pan de cada día, bien pagado con dólar paralelo. Loable ¿no?

Conveniente al poder imperial, cada intento insurreccional en el mundo ha generado una etiqueta, un símbolo que luego es explotado en el mercado pop. Mientras más miedo generen, más atractivo para el mercado pueden llegar a ser. Por ejemplo, el Estado Islámico tiene seguidores que venden artículos de todo tipo reseñando sus mensajes religiosos y bélicos. Relacionado a ese grupo terrorista hay publicidad bastante arriesgada para vender entradas a fiestas gay con imágenes de la bandera de ISIS. La estética de la guerra no sólo se moldea en salas de redacción de los conglomerados mediáticos, sino también en agencias de publicidad.

En Venezuela, en Siria, en Ucrania, no sólo hay formas o intentos de derrocar al gobierno mediante maidanes, también hay todo un mercado que orbita alrededor de los rebeldes, que los premia con fotos de portada y que cobra por timbrar esa foto en un pedazo de tela y venderlo vía web.

En nuestro país, los que venden banderitas o papelón con limon en una marcha, son mil veces arrollados por los emprendedores proguarimba: esa diseñadora de modas fracasada a quien le molesta que todos llamen costurera, pero que cuando vio por VivoPlay la transmisión perenne de cómo se destroza un municipio, tuvo una imagen reveladora de lo que hay que hacer para darle a este territorio gobernado por el chavismo un aire de país. Vestimenta inspirada en la guarimba: listo, titular en El Nacional y “perro a cagar”, como dice el viejo Edgar.

Ojo, puede resultar extremadamente cómodo señalarlo desde acá, lo cierto es que -y aquí viene la parte desagradable- ni la mamá de Neomar negociando con My Own Protest, ni Lisu Vega con sus vestidos guarimberos, ni los vendedores de Turquía distribuyendo tazones yihadistas hacen algo diferente a lo que hace cada uno de nosotros en tiempos de capitalismo. Cambiarán los contextos y las circunstancias, pero hoy se puede vender la cara del niño mortero en una franela, con el mismo furor con la que se vende una del Che, o el próximo gol de Neymar. Y quienes venden y quienes compran, son seres igual a ti y a mí. No hay pureza anticapitalista que aguante el cardúmen hambriento del consumismo rebelde.

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